
Solo me preguntaba ¿donde estaba?, ¿por que estaba? y cómo llegué aquí? Lo único que sé, es que me encontraba en un lugar con un ambiente muy fresco, en donde podía sentir un olor muy sabroso, que se me hacía familiar y que me provocaba una sensación; que se me hacía agua la boca.
Agua era la que llegaba a mis rodillas en este lugar, no tenía ni la más mínima idea de por qué había agua ahí. El extraño lugar era oscuro, no alcanzaba a ver casi nada, solo lograba ver un orificio en el techo y un tubo que atravesaba ese agujero. Mi único remedio para descubrir en donde me encontraba, era que lograra salir por el orificio. Me senté y me puse a pensar. El agua me logró cubrir hasta la cintura mientras estaba sentado, solo me preguntaba ¿como había llegado ahí? Analicé bien y llegué a la conclusión de que no descubriría la respuesta para esta pregunta.
Seguí buscando explicaciones del porqué me encontraba ahí; sin embargo no logré respuestas, ni mucho menos acordarme de nada. Después de tomarme mi tiempo para pensar, mejor decidí intentar salir de ahí y la única manera de hacerlo era escalar el tubo y poder llegar hasta arriba del orificio. Empecé mi travesia para salir de aquel lugar y en mi primer intento resbalé y caí al agua. Volví a intentar una segunda vez y cuando estaba por llegar al agujero, nuevamente resbalé y caí al agua, no me rendí y con más empeño intenté la tercera vez consecutiva, empecé a trepar el tubo y ya para terminar y lograr salir, el tubo se hundio y volvi a caer al agua.
Cuando me encontraba tirado en el piso lleno de agua, me sentía molesto, con una impotencia de saber que el único medio para poder salir de ahí, se había derrumbado. En un momento tenía ganas de gritar para sacar mi furia, mi decepción, quería golpear aquellas paredes que solo reflejaban un color blanqucino. Después de todo esto, de repente empecé a sentirme un poco incómodo de mi piel me sentía como pegajoso y solo sentía un olor de agua dulce como de coco, me di cuenta que estaba empapado de agua de coco, que en las paredes tenía coco en abundancia y que aquel tubo que se derrumbó conmigo, en realidad era una pajilla.
Empecé a reir como nunca, lloraba de la risa, descubrí que me encontraba en un coco y que jamás iba a poder salir de ahí. Pero me sentí conforme y me resigné a que ahí iba a estar el resto de mi vida. Me puse a pensar que de hambre no me iba a morir, de sed tampoco, lo único que me podía pasar era que me aburriera de comer coco y tomar agua dulce.
De lo contrario, tenía lo necesario para seguir viviendo con normalidad; en fin, era el único camino que me quedaba, ya que por mucho que renegara, no iba a solucionar nada. Por mucho que gritara, nadie me iba a escuchar. Y por mucho que deseara salir de ahí, nunca iba a poder lograrlo. La vida en un coco no es genial, ni mucho menos normal, pero es una reflexión para que todos nos demos cuenta de lo que tenemos y que lo aprendamos a valorar, que hay cosas que por mucho que las queramos cambiar, no podemos construir un mundo según nosotros. Sino que solo queda hacerle frente a la vida y aprender a aceptar y amar lo que tenemos.
manuel se rebuscó por hacernos pensar con esto buenas entradas man , es un buen blog=)
ResponderEliminarEstá buenísimo tu blog. Los videos están descabellados. Ya había escuchado esas voces en internet, pero no ese video tan emotivo que te explica que también hay un cielo.
ResponderEliminarHola, Carlos. Me gusta bastante el concepto de tu blog. Buenos colores, ordenado, propositivo. Le falta, me parece, más involucramiento tuyo, más pasión, para que no se sienta como una tarea más de la materia. Y, Carlos, pudiste trabajar un mejor título para el blog y para las entradas, ¿no crees? ¿Qué pasó allí?
ResponderEliminarSuerte con todo. Que estés bien,
Manuel Velasco